Opinión – ¿Qué le pasó a Kim Stanley Robinson?

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Transcripción

Hola amigos, me llamo Moisés Cabello y hoy les traigo una reflexión menos breve que las habituales… ¿Qué le pasó a Kim Stanley Robinson?

Para quienes no lo conozcan, decir que Robinson es un veterano y popular escritor de ciencia ficción en su rama “dura”, aunque él mismo odia esa etiqueta. Sus obras más populares son la trilogía de Marte tricolor, publicada a lo largo de los años noventa, en la que describe con todo lujo de detalles la colonización de Marte por parte del ser humano. Durante el resto de su carrera literaria, Robinson continuó esta línea de astrooptimismo en novelas como 2312, en la que nos llevó de la mano por la colonización del resto del sistema solar con el mismo enfoque a la vez realista y luminoso.

En definitiva, Robinson se convirtió en uno de los pilares centrales de la corriente, obviamente popular en la ciencia ficción, que postula como cercana, inevitable e indispensable para el progreso y futuro de nuestra especie, su expansión por el cosmos.

Pero de pronto, en 2015 publica una novela de ciencia ficción, Aurora, cuya idea principal consiste en que, aunque no imposible, el viaje interestelar para colonizar mundos más allá de nuestro sol es tan difícil como improbable. Publicó también un artículo en el que condensa el trasfondo científico de esta tesis, con un título claramente provocador: “Nuestras naves generacionales se hundirán”.

Esta salida del raíl cayó como un jarro de agua fría en el entusiasta público del género, incluso Kameron Hurley, autora de otra novela de naves generacionales, escribió un artículo de respuesta en el que básicamente tachaba el pesimismo de Robinson de peligro para la esperanza, la imaginación y el sentido de la maravilla. Y aquí nos topamos con la pregunta con la que he abierto el vídeo: ¿Qué le pasó a Kim Stanley Robinson?

Para entender este aparente giro de 180º tenemos que conocer otra faceta del autor: la política. Robinson es abiertamente crítico con el capitalismo, afirma que la civilización está fuera de control y que el sistema económico que la sostiene está drenando los recursos del único hábitat posible hoy por hoy para la humanidad: el planeta Tierra. Sin ir más lejos, el cambio climático protagoniza varias de sus últimas novelas. Esta visión política no es nueva, toda su obra está salpicada de ella. De hecho, para Tim Kreider, columnista de The Newyorker, Robinson es uno de los escritores políticos más importantes de Estados Unidos. Según el propio autor, la trilogía de Marte, que en los noventa fue un éxito por su visión de la colonización marciana, está viendo ahora renacer sus ventas como literatura postcapitalista.

¿Qué quiere decir esto? Que no ha habido cruce de cables o una transición de escritor ilusionante a viejo amargado. Se trata de una reacción contra otra visión política en alza. Una que predica que la Tierra es un mundo desechable, que no hay que caer en la desazón por desintegrar sus recursos porque la ciencia y la tecnología siempre estarán ahí para salvar el día, y que, si tan negro puede pintar el futuro, pues razón de más para pisar el acelerador y largarnos de aquí cuanto antes. Ha sido esta narrativa, y no un repentino deseo de arruinar los sueños de nadie, la que ha impulsado a Robinson a poner en contexto la realidad de la colonización de otros mundos, una realidad a la que ha dedicado toda su vida profesional.

Es difícil pensar en él como un autor pesimista, siendo de los pocos novelistas vivos y de éxito de ciencia ficción que cultiva la utopía en lugar de la distopía. Para este autor el optimismo no es opcional, pues de lo contrario estaríamos poniendo la pierna encima a nuestros descendientes. De hecho, no esconde su desagrado por géneros que, según él, se regodean en el pesimismo, como el cyberpunk, al cual considera el equivalente literario del dogma neoliberal de que no hay alternativa posible.

Para Robinson la humanidad puede tener un futuro brillante, pero a medio plazo, no pasará por las estrellas. Su tesis es que, de acuerdo con los últimos descubrimientos científicos, que no estuvieron disponibles para los autores de la edad de oro con los que crecimos, la vida es una expresión planetaria y la biosfera terrestre, un inmenso sistema interconectado que no puede funcionar metiendo un trocito en un arca, una idea mitológica que la ciencia ficción clásica nos vendió como científica en forma de bases con invernaderos o naves generacionales, cuando el espacio sólo era cosa de logística y de cohetes más grandes y más rápidos. Además, aunque él la redujera a unos pocos siglos en sus novelas, estima hoy la terraformación de Marte en varios milenios.

Por supuesto, se puede aducir que Robinson habla con el prisma de alguien de su época, y que ciencia y tecnología conspirarán para que los obstáculos que plantea desaparezcan en poco tiempo, viendo la velocidad del avance científico. Personalmente concedo aquí un punto para Robinson, puesto que la idea de que el futuro proveerá da por hecho que el futuro va a ir por donde nosotros queremos, y en el fondo, no deja de ser muy un poco científico “todo saldrá bien”. Pongo un ejemplo: en el siglo pasado, ciencia y tecnología iban a conspirar para que en nuestro presente tuviéramos colonias en Marte. Era inevitable. Cómo no iba a serlo si en muy pocas décadas se pasó de cohetes de guerra a poner el pie en la Luna. A dónde no llegaríamos en el primer cuarto del siglo XXI siguiendo ese crecimiento exponencial. La ciencia y la tecnología crecieron exponencialmente, sí, pero no por donde nos habían contado. Que en los albores de 2020 se siga hablando de regresar a la Luna, o que estemos reduciendo nuestra movilidad en favor de la interconectividad, son realidades que dichas hace cincuenta años hubieran despertado muy pocas simpatías entre los futurólogos de entonces.

Esto no quiere decir que haya que abandonar cualquier intento de vivir fuera de nuestro planeta, idea de la que el propio Robinson ha sido apologista e inspirador en sus novelas durante décadas. La inversión en el espacio ha traído muchísimas cosas buenas a nuestra especie, y la seguiremos necesitando. Pero es un proyecto a largo plazo, no una solución próxima para nuestros problemas más acuciantes. La respuesta al cambio climático no está en dejar la Tierra atrás. Dicho en plata: si en los próximos mil o dos mil años no podemos contar con nuestra biosfera, no habrá planeta de repuesto. En algún momento el futuro podrá pasar por el espacio, pero para llegar a ese futuro, necesitamos a La Tierra. Eso es todo, un saludo y hasta la próxima reflexión.

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